David González (Avilés, 1982) es el mejor actor de Asturias, esto es, al menos, lo que certifica el premio “Oh!” a la mejor interpretación masculina que le concedieron los miembros de la Asociación de Compañías Profesionales de Teatro (ACPTA) el otro día en una gala que se celebró en el teatro Jovellanos.

-Enhorabuena.

-Fue una sorpresa total. No me lo esperaba. Con la nominación ya me valía. Cuando Eladio de Pablo leyó mi nombre dije: «No puede ser».

El actor pide un refresco y conversa con LA NUEVA ESPAÑA con una timidez paradójica.

-Siempre he sido tímido, quizá por eso me hice actor.

-Se lo dedicó al director de escena José Rico.

-Se lo debía y nunca había tenido oportunidad de decírselo en público. Una de las pocas cosas claras que tenía era eso, que se lo quería dedicar a Rico, que es con quien empecé en esto.

-El trabajo por el que le premian es el de «Homenaje a Valle-Inclán».

-Eso es. Una producción de «Teatro del Norte». Etelvino Vázquez, el director, también se llevó un premio. El espectáculo es un montaje que sintetiza «Martes de Carnaval», «Las galas del difunto», «Los cuernos de don Friolera» y «La hija del capitán». En la primera de las funciones hago de un soldado raso que llega de Cuba algo pasado de la cabeza. Luego soy Pachequín y el teniente Rovirosa en «La hija del capitán». Este homenaje es un «collage» que dura hora y algo.

-¿Cuándo supo que quería ser actor?

-Estaba de vacaciones en Almería, en el desierto de Tabernas, en el Minihollywood. Vi un espectáculo que montaron ahí y pensé que me gustaría estar ahí delante. Me enteré, luego, de que José Rico estaba organizando un curso de interpretación en Piedras Blancas, donde vivo. Y me apunté. Al principio debíamos de ser como 40 personas. Rico propuso la idea de montar un pequeño grupo y montamos una asociación -«Artaud y los Tarahumara»-. Al final quedamos seis o siete. Y entonces fue cuando Rico dio un paso más y preguntó: ¿Por qué no montamos una compañía? Así fue como nació «Bacanal».

-Su primer trabajo profesional fue en un montaje de «La Celestina».

-Hacía de Calixto. Luego vino una versión de la novela de «Clarín», «Su único hijo», un texto de José Rico. Yo era Bonifacio Reyes, el protagonista. También participé en un montaje que se tituló «Paseando por la escena», que era un recorrido por la historia del teatro. Desde los griegos a los hermanos Marx.

-Y ahora ya tiene un reconocimiento de la profesión.

-Con este premio tengo la sensación de que ya no me puedo rajar. El teatro es un veneno. No conozco a nadie más tímido que yo, el teatro me libera de ese peso.

-¿El teatro es una buena manera de ganarse la vida?

-La verdad es que no. Lo que sí que es un estilo de vida que pretendo seguir en el futuro. Ahora mismo mis únicos ingresos vienen del teatro. Antes estuve en trabajando para algunas auxiliares. Hasta entrar en «Teatro del Norte». Ahora estamos dando un curso Unidad Terapéutica y Educativa (UTE) de la cárcel de Villabona. El año pasado el curso fue sobre la improvisación y ahora estamos montando «Historias para ser contadas», que es una tetralogía de Osvaldo Dragún. El argumento se centra en la llegada de la peste a la ciudad, pero es un alegato contra el racismo.